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Esclavos de libertad


Desde tiempos lejanos, las normas, leyes y principios que han marcado esta sociedad han sido casi una condición natural del ser humano. Convertidos en seres de hábitos, preferimos el calor del fuego cotidiano, a la incertidumbre de aquel nómada explorador, bajo la constante búsqueda de una confortable supervivencia.


Hoy quizá anhelamos una libertad perdida. En cierto modo, queremos ser aquel recolector que vagaba por el bosque explorando nuevos horizontes. Sin ataduras ni imposiciones, como niños corriendo libres.

Podemos pensar en los gatos, al ver como años de evolución junto al ser humano les han hecho buscar el calor del hogar pero sin renunciar a su instinto salvaje. Nosotros no somos tan distintos.


Probablemente nunca hemos dejado de ser niños, y constantemente surge el conflicto entre el confinamiento social y la libertad del espíritu soñador. 


Con la sensación de estar atrapados en un gran hermano y encadenados al tiempo, en ocasiones brotan las ganas de huir. Pero vivimos una dualidad, en la que el hedonismo también tiene cabida bajo el lecho normativo.


Resulta curioso, como algunos echan de menos su época en el colegio, siendo una de las etapas con más doctrinas y normas de nuestro paso por el mundo.


Todo sube y baja. Lidiamos con una vida cíclica, donde sólo es constante el cambio. Vemos que aquellos que se visten de nómadas, regresan más tarde, para volver al refugio del redil.


Cada vez es más evidente que, el Amor es lo que da sentido a este río de cambios, donde parece que lo verdaderamente importante es algo que llaman felicidad.

Quizá haya que replantearse el significado de las palabras libertad y felicidad. Simples etiquetas positivas, pero que han sumido en caminos de zarzas a los más inconformistas, que persiguen metas mientras se alejan de sí mismos.


Blanco, negro, gris, feliz, triste... Siempre presentes las etiquetas que, en cualquier momento podemos dejar a un lado; para darnos cuenta de que la tarea más importante es empezar a amar todo lo que nos rodea; sin importar el lugar o la compañía.


Abrazar unas creencias y aceptar unas normas establecidas, pueden aportar la misma libertad que el navío sin rumbo. Pues el espíritu de perro errante, quizá sea el camino más rápido para el valle de lágrimas. 


GRAN HERMANO

Desde hace años, un fenómeno televisivo acapara la atención de millones de personas. El reality show Gran Hermano puso un punto y a parte en la manera de hacer televisión.

Un hogar escaparate, nos brinda un poder de observación omnipresente y vigilante hacia la convivencia de un grupo de personas que, durante semanas viven sometidas a una lucha de egos, tensiones sexuales, sistemas de aprobación y todo tipo de desequilibrios emocionales.

¿Por qué después de tantas ediciones, sin apenas haber cambiado su línea estructural, este tipo de entretenimiento, sigue teniendo tanto éxito?





Si tenemos una vida vacía, pobre de emociones y carente de interesantes proyectos, una forma de alimentar ese vacío es vivir la vida a través de terceras personas, aunque esas personas nos representen menos que la flamenca negra del Whatsapp...

Vemos que la gente es feliz dejando que otros expongan sus miserias e incomodidades humanas, para después criticarlas de forma cruel, sintiendo el poder de decidir quien se va o quien se queda... De esa forma, Gran Hermano se filtra a través de los sentidos como un suave pero letal elixir, capaz de controlar las emociones, mientras anula nuestra evolución.


La mayoría de sus seguidores desconoce que el programa se ha basado en la novela 1984 de George Orwell, en la que el Gran Hermano es un líder tiránico que vigila constantemente a través de cámaras, controlando a una sociedad que sólo lucha por mantenerse viva; donde el amor es reprimido, el orgasmo es neutralizado y la policía del pensamiento mantiene a todas las mentes disciplinadas que, pueden ser castigadas incluso por la simple liberación de un "te quiero".

En 1984 sólo prevalece la mente colectiva del partido, anulando la del individuo. Se crean guerras para que el orden se mantenga estable, no con el propósito de ganarlas sino para mantener intacta la estructura de la sociedad, cuya jerarquía social sólo es posible basándose en la pobreza y en la ignorancia.

Aunque en la vida real no exista el crimen mental y el amor no sea castigado, hay un cierto paralelismo en 1984 con nuestra sociedad actual, y Gran Hermano es un ejemplo del modelo orweliano.





Quienes critiquen y tilden el programa de "basura" deben reflexionar si ellos mismos también forman parte de un Gran Hermano cada vez que ponen sus datos en una red social o simplemente hacen una búsqueda en su navegador.

GH podrá ser objeto de análisis social, ser material para un estudio sobre comportamientos gregarios y formas de convivencia, pero como objeto de entretenimiento es una eficaz trampa para cazar las mentes más dormidas.






Horizontes


¿Recuerdas esa sensación de llegar a un sitio sin que nadie te espere?



Nos pasamos la vida de un lado para otro. Demasiada prisa, para recorrer los estrechos pasos hacia el colegio, la universidad, el trabajo, el hogar, los lugares de encuentro, las citas ineludibles... Distancias que, se hacen cada vez más pesadas en nuestro mundo interior, donde brota la imaginación que nos impulsa a salir de los caminos más anodinos.


Saldremos de la ruta establecida, para no quedarnos dormidos sobre un colchón de resignación y conformismo. Viajando a un lugar desconocido desnudaremos nuestra alma, para volver a contemplar el suelo que pisamos, sin tiempos ni esperas, sin patrones mentales que nos conviertan en autómatas.

 

Cada paso hacia el nuevo horizonte, nos adentra cada vez más al interior de nuestro ser, donde se evaporan viejos ideales y brillan nuevas emociones.

 

No es el lugar aquello que importa, sino esa forma de ver las cosas, cuando nuestra mente se vuelve más plástica, admirando la cotidianidad de un pueblo que nos regala la emoción de la aventura. Y nos sentimos como nómadas sin rumbo, navegando en el mar de las oportunidades.

 

Somos coleccionistas de emociones, con una brújula en la mirada y un mapa en nuestra piel. Sin palabras tenues ni hombros fatigados, el amor nos guiará por los senderos más oscuros y los caminos infinitos, que dibujarán nuestra memoria.

El cambio es la regla

Necesitaba cambiar el rumbo, para no ser un pez muerto arrastrado por la corriente. En otro tiempo, vivía bajo el longevo nexo de amor, que daba sentido a una vida arropada por un manto emocional, capaz de ofrecer bajo un cautiverio, sensaciones de libertad. Aquella ambivalencia, que ofrecía el enamoramiento, no era más que una brutal confirmación de la importancia del amor en todo lo que hacía.

Aquellas emociones sólo estaban relegadas hacia una persona. Pero el mundo parecía distinto. Y más allá de la obsesión y la dependencia emocional de aquella experiencia que, algunos la tildan como mecanismo de supervivencia, había algo más. Algo que nada tiene que ver con las afinidades reproductivas de los animales, para perpetuar la especie.

Como un huracán, arrasó muchos enclaves a su paso, para que se pudiera implantar una nueva ciudad, un nuevo estatus. Todo pertenecía al cambio, una metamorfosis que destruyó para construir, para poder evolucionar. Esa era la verdadera importancia del enamoramiento, que la mayoría de los sociólogos y psicólogos no han comprendido. Más allá del hambre y la pobreza, es la causa principal de sufrimiento en el mundo. Pero es una energía creativa. De ahí, su importancia; ya que contribuye a crear, a evolucionar, a cambiar, a transformarse, a madurar. Es obvio, que es algo positivo para la evolución de la propia persona.

Así que, el enamoramiento es un proceso de cambio, que jamás debe ser confundido con el amor que surge de un beso, de una caricia, o de los pactos de fidelidad. Tras esa fuerza creativa, lo verdaderamente admirable es el amor que nos conecta al presente, que nos funde con las cosas que nos rodean en cada momento, ese amor que deshace los egos y evapora los miedos. No es necesario rodearte de alguien para amar, sólo hay que entregarse al presente.

Uno puede vivir en soledad, estar enamorado, o vivir eróticamente vagabundo, nadando bajo la promiscuidad. Pero nada es constante, el cambio siempre está presente. Por eso hay vidas que debemos dejar atrás y ciclos que debemos respetar. Aquellos que finjan que las cosas siguen como antes, mientras que todo ha cambiando profundamente, llegarán a un punto de no saber lo que quieren. Será el potencial vital desperdiciado, situaciones de vacío e inconformismo, en las que amarán lo que un día fue, y odiarán lo que ahora ven.

Todo está cambiando, nosotros también; y sólo debemos de aceptar esta regla del juego, aceptar el cambio. Porque llegará un momento en el que debamos de elegir un camino distinto, sin detenernos a reparar las cosas que ya no siguen nuestros impulsos, sin pensar en esos futuros con metas volátiles. Habrá que tomar decisiones firmes y no esperar a que ocurran cosas, porque la vida no es sólo lo que nos sucede, es lo que elegimos.

Resulta absurdo permanecer inmóvil ante los cambios. Formamos parte de la misma energía, por eso debemos fusionarnos en ella, marcando nuestro destino. Teniendo en cuenta que, esas personas y cosas que nos rodean, un día se volverán distintas. Y la capacidad de adaptación es la forma de fluir con el presente, destruyendo los viejos hábitos.

Hay caminos muy largos para elegir y recorrer, y nada tiene la capacidad de encadenarnos para siempre, porque también las cadenas terminan rompiéndose con el tiempo. Sólo nuestro espíritu permanecerá para siempre.

Cautivos

Somos libres para imaginar, para nadar en un océano de posibilidades. Para escoger un rumbo, en dirección a la emoción, al camino que nos hará felices. Sin embargo, estamos viviendo en una sociedad marcada por el inconformismo colectivo.

Tal vez esto ocurra, porque el ser humano, como animal, está programado para sobrevivir, no para ser feliz. Un animal que, bajo el manto del miedo, transportará sus genes, se reproducirá y simplemente morirá.

Es nuestra dualidad interior, en la que habitan la parte animal y las emociones que abrazan nuestra alma, la parte humana. Lamentablemente, en una sociedad donde sólo importa el consumo para alimentar al ego y al poder, es difícil desprenderse de ese lado animal.

Gente alejada del momento presente, buscando ese estatus deseado para cumplir los designios de esta sociedad. Unos estudios, un trabajo, un coche, una casa, una hipoteca, dos hijos, una jubilación holgada, un entierro digno...

…Y, que pase el siguiente, a la fábrica de bípedos.

Así, millones de personas siguen unos ideales que tal vez no deseen realmente, manteniendo unas apariencias de felicidad, mientras se consuelan con las alegrías efímeras. Haciendo caso omiso a su verdadera vocación, viviendo cautivos en una sociedad, que no les guiará hacia la felicidad, sino a un camino anodino, en el que sean productivos, consuman y alimenten el sistema socioeconómico. Y entre todo esto, llegan las crisis, las complicaciones, las huelgas, las protestas, el odio, el miedo, la infelicidad...

Alguno pensará, que no seguir el sistema que dicta la sociedad les arrastrará a la pobreza. Lo cierto es que, sólo las personas felices evolucionan a gran ritmo y pueden conseguir todo lo que se propongan, como el amor y el dinero... Jesus decía “los ricos se hacen más ricos, y los pobres se hacen más pobres”  Y es que, el dinero también es una forma de energía. Una mente que es feliz atrae fácilmente las energías deseadas. El pobre que vive bajo la pesadumbre, no acercará ese tipo de energías, porque se alejará de sí mismo, persiguiendo cosas demasiado ajenas a su alma, como el propio dinero.

Vivir persiguiendo resultados, cifras y aprobaciones, dejando atrás los placeres del único e irrepetible momento presente, poco tiene que ver con el hecho de conectar con tu alma, con la realidad que viene del interior...

¿Por qué la mayoría vive de forma cautiva, sin poder desarrollar todo su potencial, sin poder seguir su instinto, su imaginación para crear? ¿Por qué existen tantos fracasados vocacionales, desde tantas generaciones?

Ya desde la infancia, empieza a regirse un sistema de aprobaciones, que va marcando nuestra forma de actuar. “Come todo lo que haya en el plato o no podrás ir a jugar”, “dale un beso a tu tía, o no habrá regalo”. Buscando aprobaciones para la conformidad de la madre, para que el niño se sienta válido

Es comprensible que ocurra esto, pero no tanto cuando esta práctica continúa en la vida más adulta. Buscará la aprobación en los padres, en sus profesores... Pero también en los jefes, en sus compañeros de trabajo, sus amigos, su pareja. Querrá ser aprobado por toda la sociedad.

Esta necesidad de aprobación, es justamente lo que impide que se desarrolle la capacidad para que una persona pueda seguir su vocación, su libre expresión, su creatividad, su felicidad.

Cuando se abandone este sistema, en el que millones de personas pierden el eje de sus vidas, convirtiéndose en satélites de las necesidades de la sociedad, el mundo será mejor. Porque cada cual vivirá en su pequeño (o gran) universo, comprendiendo que la vida no es algo establecido, sino el mundo que nuestra percepción construya para nosotros.

Albert Enstein dijo una vez: “Intenta no volverte un hombre de éxito, sino un hombre de valor”

La decisión es fácil. Seguir actuando en el papel que te exige esta sociedad, o ser el actor principal de tu propia película.

Carpe Diem

Todo el mundo conoce esta famosa expresión, pero pocos son quienes la comprenden, o la siguen de manera constante, más allá de una noche de copas o unas pequeñas vacaciones.

Vivimos en una sociedad que avanza demasiado deprisa, el dinero ha hecho que todo gire cada vez más rápido, y algunos se pierdan las extraordinarias cosas que ocurren a nuestro alrededor. Para ellos, resulta utópico ver la vida de una forma atemporal, fijando su mente en un momento que, sencillamente no existe.

Nos encontramos con un conglomerado de situaciones que giran en torno a las agujas de un reloj. Citas ineludibles con el trabajo, o cualquier otro compromiso social, requieren de la medición del tiempo. Algo que nos programa, y a algunos les hace sentir como máquinas biológicas, que siguen una y otra vez la misma rutina. Pero vamos a pensar en algo que va mucho más allá de los horarios y la puntualidad. En la línea del tiempo, hay quien se desvía hacia atrás o centra su pensamiento en el futuro, evadiendo el presente. Es uno de los mayores errores de la mente, en el hombre moderno.

Cuando éramos niños, el tiempo sólo era un pretexto que movía las manecillas del reloj. Nuestra cotidianidad no estaba definida por el pasado y el futuro. No mirábamos atrás, ya que vivíamos en constante exploración. A veces, soñábamos e imaginábamos futuros lejanos, que nunca nos preocupaban. La vida, entonces era un impulso emocional, que nos hacía correr hasta lo infinito, para satisfacernos con los caprichos más simples, como disfrutar de un helado o dar patadas a un balón. Ningún niño, cubierto de sus necesidades básicas, se planteaba si era feliz, porque era una pregunta absurda.

Hace miles de años, cuando la esperanza de vida era tan sólo de treinta años, también era absurdo preguntarse qué era la felicidad. Vivir era un don que debían de aprovechar, sin pensar demasiado en otros tiempos que no fuesen presente. El bienestar físico era el objetivo para alcanzar un buen estado emocional. Esto aún podemos observarlo, en numerosas tribus, que viven apartadas de nuestra civilización.

Paradójicamente, cuanto más avanza una civilización, más aumenta el inconformismo social. Y conforme crece la historia, el pasado empieza a cobrar más protagonismo. Es necesario usar el pasado para progresar y aprender de la experiencia , pero no anclarse a él, deseando repetir momentos pasados. Esto es lo que origina el gran problema. Cuando las mentes de los hombres, empiezan a regirse por los dos grandes vectores de pensamiento, el pasado y el futuro.

El niño ingenuo, pero jubiloso, llega a la edad adulta. Y sin quererlo, comienza a girar en la rueda social. Se rige por una serie de máximas, “siembra para recoger un buen futuro”, “prepárate y proyecta un mañana ideal”. Mientras tanto, sin darse cuenta, se va evadiendo del presente que tanto había disfrutado en su infancia..

Es una carrera contra el tiempo, donde algunos quieren saltar el presente lo antes posible, porque sólo hay mil objetivos con un final esperado. Un casa, un coche, una pareja, y un banco para depositar sus ilusiones.

Algunos no son conscientes de lo apremiante que llega a ser su vida. El hombre moderno se reía de aquel campesino de piel ajada, por las inclemencias del tiempo, que se pasaba horas en el campo. Él creía que su vida era mejor, porque vive bajo un techo más moderno, tiene más conocimiento y expectativas. Pero nada más lejos de la realidad, el campesino vivía momentos más felices.

Aquel hombre moderno, metido en un insulso cuadrado de asfalto, bajo un microcosmos que le han impuesto, vive esclavo del tiempo, de las apariencias y del dinero. Es un ser dependiente, víctima de una sociedad de consumo.

Pero lo cierto es que, el hombre moderno, ya tiene todas sus necesidades cubiertas, ya no vivimos con el afán de supervivencia de aquellos cavernícolas. Así que, debemos aprovechar cada instante de nuestra vida, de la forma más positiva, empezando por valorar las pequeñas cosas que nos rodean. Disfrutar incluso del placer que proporciona beber un vaso de agua, darse un baño, ver una puesta de sol, comerse un delicioso pastel, respirar aire limpio, etc.

Debemos dejarnos llevar por la realidad, por el aquí y el ahora. Cualquier cosa puede ser placentera cuando nuestra mente se ciñe al momento. Todo lo que nos rodea puede ser maravilloso. Pero no ayer, ni mañana, sólo aquí y ahora.