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Pequeños maestros

La vida te da sorpresas, algunas menos agradables que otras. Debemos de tener en cuenta que vivimos en un mundo lleno de represiones. Eso puede hacer que descubramos personas aparentemente angelicales que, con el paso del tiempo, parezcan haber salido de las profundidades de Mordor...


Pero todas las personas que aparecen en nuestra vida lo hacen para enseñarnos algo, algunas pueden convertirse en pequeños maestros que, con el tiempo, nos harán progresar de una manera asombrosa; siempre y cuando no juzguemos a quienes no cumplan nuestras expectativas.


Asumir la responsabilidad de lo que uno dice o hace, es el camino más rápido hacia la madurez. Las culpas... para nadie, porque todos los agravios surgen de la ignorancia, cuando no se entiende que el verdadero enemigo está en nuestro interior.



Parece una especie de endemia social, el hecho de que la gente al hablar de su vida, culpe y responsabilice a su pasado, a su educación, a su mala fortuna, a su pareja, a la crisis, a sus padres, hermanos y colegio... Pero la vida te responde de otra manera cuando te responsabilizas de todo lo que haces, sientes y deseas; mientras construyes proyectos anclados al presente.


Culparnos por haber mantenido comportamientos erráticos que dan lugar a una mala comunicación es otra forma de ignorancia, porque siempre actuamos bajo el manto subconsciente que nos hace huir o enfrentarnos al miedo. Debemos de comprender que esas vivencias convertidas en obstáculos, son la palanca que nos impulsa hacia la (r)evolución y hacia una mejor forma de relacionarnos.


No menos importante es aceptar a la gente tal como es; con sus represiones y expresiones, sus miedos y virtudes, su luz y oscuridad. Simple y llanamente, debemos elegir o descartar aquello que aparezca en nuestra vida, pero nunca criticarlo.

Como dijo François Mauriac: "Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón que un pésimo vino también puede llegar a ser un buen vinagre"



Horizontes


¿Recuerdas esa sensación de llegar a un sitio sin que nadie te espere?



Nos pasamos la vida de un lado para otro. Demasiada prisa, para recorrer los estrechos pasos hacia el colegio, la universidad, el trabajo, el hogar, los lugares de encuentro, las citas ineludibles... Distancias que, se hacen cada vez más pesadas en nuestro mundo interior, donde brota la imaginación que nos impulsa a salir de los caminos más anodinos.


Saldremos de la ruta establecida, para no quedarnos dormidos sobre un colchón de resignación y conformismo. Viajando a un lugar desconocido desnudaremos nuestra alma, para volver a contemplar el suelo que pisamos, sin tiempos ni esperas, sin patrones mentales que nos conviertan en autómatas.

 

Cada paso hacia el nuevo horizonte, nos adentra cada vez más al interior de nuestro ser, donde se evaporan viejos ideales y brillan nuevas emociones.

 

No es el lugar aquello que importa, sino esa forma de ver las cosas, cuando nuestra mente se vuelve más plástica, admirando la cotidianidad de un pueblo que nos regala la emoción de la aventura. Y nos sentimos como nómadas sin rumbo, navegando en el mar de las oportunidades.

 

Somos coleccionistas de emociones, con una brújula en la mirada y un mapa en nuestra piel. Sin palabras tenues ni hombros fatigados, el amor nos guiará por los senderos más oscuros y los caminos infinitos, que dibujarán nuestra memoria.

Conexiones humanas

Durante un tiempo, creí en la idea de alcanzar la eterna felicidad en la independencia emocional, luchando contra esa insoportable levedad del ser. Pero ni Übermensch, el superhombre de Nietzsche podría alcanzar tal propósito para lograr su climax emocional. El mecanismo de la pérdida persiste, resulta doloroso perder algo que quieres. Y el miedo aparece sin invitación alguna, para colarse en los momentos más inapropiados para aprender a amar.

Nadie nos ha enseñado a amar. El cariño y la protección que recibió aquel niño, era sólo un manto, muy distinto al verdadero Amor. Algo que se volvía cada vez más gris, en un mundo donde el sistema de aprobaciones era el máximo protagonista...

...Y aún lo sigue siendo.



Nadamos en un océano de almas y egos, que luchan para encontrar su hueco existencial, su camino hacia la eterna huella del éxito. ¿Pero dónde está ese camino? El camino es la gente que nos rodea. No está escrito en una fórmula, un papel, o un título. Ocho mil millones de personas son el mapa de nuestra vida.

Cada persona tiene un mundo que ofrecer, algo que enseñarnos para continuar el camino. No importa el final, porque después de todo, no estaremos ahí para contarlo. Lo que importa es conectar nuestras almas, sin esa opacidad que nos ha regalado la educación de este mundo asfaltado.

Pero, la soledad, a veces es necesaria. Sobre todo, al tropezar en ese camino humano, dando vueltas en círculos, como un satélite de alguien que ya no forma parte de nuestro ciclo vital. Porque la vida es una constante mutación, y si una pareja comparte nuestra vida, debe superar cualquier torbellino de las fases vitales. La pareja perfecta es aquella que avanza en la misma dirección y al mismo tiempo, pero como dos líneas paralelas, que jamás se cruzan.

Ellos sabrán amarse sin ser dos medias naranjas, siendo dos seres completos, pero alimentando algo que está escrito en su ADN, la dependencia emocional.


Somos seres dependientes, pero como reza el dicho que mejor describe la felicidad: “Vive y deja vivir”, porque no hay nada más excepcional que amar en libertad.

La maldición de los príncipes.


Creyeron que debían de encontrar el amor para ser felices, cargando con aquel sueño infantil, de que en alguna parte del mundo estaría su príncipe, que les diese ese beso con sabor a media naranja. Creyeron que la tarea más difícil de sus vidas era encontrar la felicidad, y que aquel príncipe se encargaría de ello. Pero terminaron ahogándose en aquel cuento de príncipes y sapos, sin ver más allá de su condenado egoísmo.


Comprendieron más tarde, que debían dar sin pedir nada a cambio. Aprendieron a contemplar el universo personal de quien tenían enfrente, sin ponerle esa capa azul que siempre se desteñía. Porque ya no caminaban por la calle con su vaso medio vacío, esperando a que alguien lo llenase. Consiguieron que ese vaso quedara rebosante, para que pudiesen bridar emborrachándose del verdadero amor.

 
Aquellas almas perdidas que chocaron sus copas medio vacías, se impregnaron con fríos cristales en el vacío de aquellas copas, que nada tenían y tanto pedían. Copas llenas de anhelos, sueños e ideales, que apenas podían sostener cuando estaban en soledad, mientras buscaban la luz en otras personas, para no ver las sombras que había en su interior.

Ningún príncipe vendría en su rescate. Porque el verdadero amor nunca fue una búsqueda, tan sólo es el premio. El premio a los que conquistaron su felicidad por sí mismos, y un día cualquiera, decidieron compartirla.

Res, non verba.

Somos dueños de lo que callamos, y esclavos de lo que decimos. Una sola palabra podría herir más que una espada o ser tan fútil como el ruido de una ciudad. Por costumbre, uno habla más de la cuenta; tal vez para huir del silencio o del propio ruido que hay en su cabeza. A veces, las palabras son como las notas torpes esgrimidas por un instrumento -nuestro cuerpo- que trata desesperadamente de tocar la canción que uno lleva dentro.

Las palabras se contaminan rápidamente, volviéndose huecas y vacías, cuando intentan construir espacios que sólo pueden ser alimentados por el silencio y el paso del tiempo, donde los hechos serán los únicos protagonistas.

Pero hay palabras que pueden cautivar. Son las que salen sin disfrazar nada, cuando son la música que acompaña a los hechos, cuando el que habita detrás de cada una de ellas es el corazón.

Indestructible.

Con la mente paralizada por un auténtico bombardeo hormonal vivía junto a ella, soslayando sus defectos e impurezas, bajo aquel chisporroteo químico del amor más ferviente. Porque el enamoramiento tiene esa capacidad tan misteriosa de que, dos desconocidos al encontrarse, se vuelvan indispensables el uno para el otro, siendo la persona amada un prodigio de ser, capaz de transportarle hacia un nuevo mundo lleno de liberación.

La mayoría de la gente no cambia mucho en su edad adulta. Pero quien se enamora se vuelve de una forma plástica, fundiendo su mente, cual metal en el fuego. La tormenta emocional cambiará la forma de ver y de sentir el mundo que le rodea, emergiendo desde lo más hondo de su interior una energía creativa capaz de remover todo su ser. En ese momento, las imperfecciones de la otra persona son aspectos que la hacen única y la envuelven en una exclusividad, convirtiéndose en algo perfecto para el que ama. Puede resultar una verdadera transfiguración de la realidad. Pero, ¿No es esta realidad un punto de vista completamente subjetivo?

¿En el amor, quién es perfecto realmente? Si todo se amolda a ideales y sueños, que cambian con el tiempo, haciendo que esa perfección pueda desvanecerse, para dar paso a nuevos deseos y otros horizontes que marquen una dirección distinta. Cuando la primera nube de pasión desaparece, miles de parejas se separan, porque aquellos aspectos que ayer se pasaban por alto, hoy pueden corroer. La atracción física y la química personal son determinantes en una relación. Pero hay algo realmente importante que nunca es transitorio y efímero como ocurre en el enamoramiento. Es esa amistad, una complicidad y un sentido de compañerismo profundamente arraigados. Al fin y al cabo, tras cuarenta o cincuenta años de vida en común, en la pareja de ancianos poco prevalecerá el deseo erótico o la pasión febril que años atrás los mantenían indestructibles.

Así, la amistad se convierte en la gran aliada del verdadero Amor. La única que rescatará a dos enamorados que se han caído de la nube, y comienzan a sentir el frío suelo de una emoción menos ebria.

Las estrategias bien elaboradas pueden servir para atraer a una persona. Pero de nada servirán, junto con esas fingidas actitudes, cuando uno quiere emparejarse y vivir con esa persona el resto de su vida. Aunque no nos engañemos, porque todo cambia constantemente, y la persona que nos acompañe hasta nuestro lecho de muerte tendrá que vivir bajo la latente evolución. Hoy pueden ser la pareja más feliz y mañana estar abocados a la ruptura más sangrante o al simple desvanecimiento del Amor. Él, ella y el nosotros evolucionan juntos. Puede que a un ritmo distinto y de una forma diferente, pero siempre bajo los cimientos de la amistad, la comprensión y la adaptación del uno al otro.

Demasiadas cosas se aprenden en el mundo de la pareja, como dijo Eddy Cantor: “El matrimonio es tratar de solucionar entre los dos, problemas que nunca hubieran surgido al estar solo”.

La belleza del diablo

Todos los días, ella camina por una calle que jamás ha contemplado. Allá va con su perentoria prisa, como un heraldo del sistema que otros han impuesto. Sus planes futuros se inmiscuyen en el presente, mermando esa satisfacción que nace en el recoveco de su mundo interior. Su rostro conserva la quintaesencia de su afán particular: trabajo, consumo, deseo, conquisto, pienso, amo, espero, insisto, retengo, cedo, anhelo, pierdo, desprecio, muero, escondo, quiero.

Nunca se detiene, pues la vida es corta y su corazón no le ha dado ninguna tregua. Su atinado instinto sabrá guiarla en el momento preciso. No sin antes hundirse bajo la destrucción de la tormenta, que pronto mostrará lo lejos que siempre estuvo del libre paraíso. Entonces el torbellino pondrá a prueba uno de los actos más poderosos que pueda realizar un ser humano, volver a su centro interior, con la calma de un desierto, viendo el mundo en un grano de arena.


La destrucción de su caparazón podría mostrar un nivel suprahumano. Sin el pecho de bronce, forjado desde la infancia, que oculta su verdadera esencia. Pero siempre ha dejado esa reminiscencia con la que aún puede atisbar una luz capaz de liberar su espíritu.


Cuando su espíritu sea libre dejará de discernir entre el bien y el mal. Sin que su conciencia quede supeditada a su cuerpo. Pues todo forma parte de una misma energía, como bien dijo Shakespeare: “Nada es bueno o malo, sino que el pensamiento es lo que hace las cosas buenas o malas”.


Sólo bajo ese infinito podrá alcanzar la emoción que atrapa el tiempo en un momento eterno, donde el vacío de la Nada y la inmensidad del Todo podrán darse la mano, para ofrecer el destino más increíble.


Sola, o junto a él. Llegará el día, en el que pueda caminar despacio y firme, por el “carnaval de la calle”, sin la belleza del diablo, que sólo muestra la hermosa cubierta de su caparazón. Ese arcaico escudo, que una niña hace años decidió ponerse, al ver que aquel mundo consistía en un juego de aprobaciones, donde su espíritu debía permanecer oculto ante la taimada atención del resto de seres.


Al desprenderse del caparazón, su ego vivirá y morirá en aquel espejo. Su mejor maquillaje será esa luz que brille en sus ojos, un color de alegría en su rostro y una sonrisa dibujada en sus labios, para rematar la belleza más sublime.