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Res, non verba.

Somos dueños de lo que callamos, y esclavos de lo que decimos. Una sola palabra podría herir más que una espada o ser tan fútil como el ruido de una ciudad. Por costumbre, uno habla más de la cuenta; tal vez para huir del silencio o del propio ruido que hay en su cabeza. A veces, las palabras son como las notas torpes esgrimidas por un instrumento -nuestro cuerpo- que trata desesperadamente de tocar la canción que uno lleva dentro.

Las palabras se contaminan rápidamente, volviéndose huecas y vacías, cuando intentan construir espacios que sólo pueden ser alimentados por el silencio y el paso del tiempo, donde los hechos serán los únicos protagonistas.

Pero hay palabras que pueden cautivar. Son las que salen sin disfrazar nada, cuando son la música que acompaña a los hechos, cuando el que habita detrás de cada una de ellas es el corazón.

Indestructible.

Con la mente paralizada por un auténtico bombardeo hormonal vivía junto a ella, soslayando sus defectos e impurezas, bajo aquel chisporroteo químico del amor más ferviente. Porque el enamoramiento tiene esa capacidad tan misteriosa de que, dos desconocidos al encontrarse, se vuelvan indispensables el uno para el otro, siendo la persona amada un prodigio de ser, capaz de transportarle hacia un nuevo mundo lleno de liberación.

La mayoría de la gente no cambia mucho en su edad adulta. Pero quien se enamora se vuelve de una forma plástica, fundiendo su mente, cual metal en el fuego. La tormenta emocional cambiará la forma de ver y de sentir el mundo que le rodea, emergiendo desde lo más hondo de su interior una energía creativa capaz de remover todo su ser. En ese momento, las imperfecciones de la otra persona son aspectos que la hacen única y la envuelven en una exclusividad, convirtiéndose en algo perfecto para el que ama. Puede resultar una verdadera transfiguración de la realidad. Pero, ¿No es esta realidad un punto de vista completamente subjetivo?

¿En el amor, quién es perfecto realmente? Si todo se amolda a ideales y sueños, que cambian con el tiempo, haciendo que esa perfección pueda desvanecerse, para dar paso a nuevos deseos y otros horizontes que marquen una dirección distinta. Cuando la primera nube de pasión desaparece, miles de parejas se separan, porque aquellos aspectos que ayer se pasaban por alto, hoy pueden corroer. La atracción física y la química personal son determinantes en una relación. Pero hay algo realmente importante que nunca es transitorio y efímero como ocurre en el enamoramiento. Es esa amistad, una complicidad y un sentido de compañerismo profundamente arraigados. Al fin y al cabo, tras cuarenta o cincuenta años de vida en común, en la pareja de ancianos poco prevalecerá el deseo erótico o la pasión febril que años atrás los mantenían indestructibles.

Así, la amistad se convierte en la gran aliada del verdadero Amor. La única que rescatará a dos enamorados que se han caído de la nube, y comienzan a sentir el frío suelo de una emoción menos ebria.

Las estrategias bien elaboradas pueden servir para atraer a una persona. Pero de nada servirán, junto con esas fingidas actitudes, cuando uno quiere emparejarse y vivir con esa persona el resto de su vida. Aunque no nos engañemos, porque todo cambia constantemente, y la persona que nos acompañe hasta nuestro lecho de muerte tendrá que vivir bajo la latente evolución. Hoy pueden ser la pareja más feliz y mañana estar abocados a la ruptura más sangrante o al simple desvanecimiento del Amor. Él, ella y el nosotros evolucionan juntos. Puede que a un ritmo distinto y de una forma diferente, pero siempre bajo los cimientos de la amistad, la comprensión y la adaptación del uno al otro.

Demasiadas cosas se aprenden en el mundo de la pareja, como dijo Eddy Cantor: “El matrimonio es tratar de solucionar entre los dos, problemas que nunca hubieran surgido al estar solo”.

La belleza del diablo

Todos los días, ella camina por una calle que jamás ha contemplado. Allá va con su perentoria prisa, como un heraldo del sistema que otros han impuesto. Sus planes futuros se inmiscuyen en el presente, mermando esa satisfacción que nace en el recoveco de su mundo interior. Su rostro conserva la quintaesencia de su afán particular: trabajo, consumo, deseo, conquisto, pienso, amo, espero, insisto, retengo, cedo, anhelo, pierdo, desprecio, muero, escondo, quiero.

Nunca se detiene, pues la vida es corta y su corazón no le ha dado ninguna tregua. Su atinado instinto sabrá guiarla en el momento preciso. No sin antes hundirse bajo la destrucción de la tormenta, que pronto mostrará lo lejos que siempre estuvo del libre paraíso. Entonces el torbellino pondrá a prueba uno de los actos más poderosos que pueda realizar un ser humano, volver a su centro interior, con la calma de un desierto, viendo el mundo en un grano de arena.


La destrucción de su caparazón podría mostrar un nivel suprahumano. Sin el pecho de bronce, forjado desde la infancia, que oculta su verdadera esencia. Pero siempre ha dejado esa reminiscencia con la que aún puede atisbar una luz capaz de liberar su espíritu.


Cuando su espíritu sea libre dejará de discernir entre el bien y el mal. Sin que su conciencia quede supeditada a su cuerpo. Pues todo forma parte de una misma energía, como bien dijo Shakespeare: “Nada es bueno o malo, sino que el pensamiento es lo que hace las cosas buenas o malas”.


Sólo bajo ese infinito podrá alcanzar la emoción que atrapa el tiempo en un momento eterno, donde el vacío de la Nada y la inmensidad del Todo podrán darse la mano, para ofrecer el destino más increíble.


Sola, o junto a él. Llegará el día, en el que pueda caminar despacio y firme, por el “carnaval de la calle”, sin la belleza del diablo, que sólo muestra la hermosa cubierta de su caparazón. Ese arcaico escudo, que una niña hace años decidió ponerse, al ver que aquel mundo consistía en un juego de aprobaciones, donde su espíritu debía permanecer oculto ante la taimada atención del resto de seres.


Al desprenderse del caparazón, su ego vivirá y morirá en aquel espejo. Su mejor maquillaje será esa luz que brille en sus ojos, un color de alegría en su rostro y una sonrisa dibujada en sus labios, para rematar la belleza más sublime.

Extrañas superficies

Cuanto más conoces a una persona, más misteriosa e inaccesible se vuelve. Sabes que debes darle la mano, dar y ceder, relacionarte... Y en realidad te relacionas con un fantasma. Porque somos fantasmas, espíritus. ¿Quiénes somos? Eso es aceptar el hecho de que estamos totalmente solos... Y aceptar que estás solo es aceptar la muerte” Mi cena con André (1981).

Ser una mera pieza existencial que completa un mecanismo establecido, o sentir la vitalidad y fuerza que me arrastra más allá del límite.

A veces, tan sólo tengo que observar y contemplar todo el arte que me rodea. Cualquier cosa es fuente de inspiración, como las propias personas.

He conocido a personas aparentemente demasiado superficiales, muy preocupadas por su imagen, se dejan empujar por viejos ideales, sueños de una infancia; están perdidas en su tiempo. En un principio, resultaron ser interesantes para mí, pues suponían un adentro hacia las profundidades de aquellas superficies tan vanidosas y envueltas en un ego demasiado susceptible a las aprobaciones del resto.

Entre toda aquella superficialidad, apenas podía ver la punta del iceberg, algunas veces derretida por el alcohol, que siempre encontró la manera de ocultar y degradar la verdadera naturaleza de la persona. Pero todo aquello te inspira, porque no ves nada; sólo una capa externa con miles de interpretaciones.

¿Qué hay detrás de esa capa, llena de ruido? Algo misterioso, infinito. La emoción más grande jamás descrita.Todos podrían sentir dicha emoción, incluso aquellos que, con una abyecta insignificancia, han dejado de sonreír a la vida.

Seducción

No son tiempos de "bellas durmientes", que esperan el beso que las despierte. Es tiempo de "hechiceras", que encantan corazones con el artificio, la manipulación y la provocación. Bienvenidos al mundo de la seducción. Tal vez una mentira, o un puro teatro... Pero también un juego divertido, capaz de convertirnos en seres realmente poderosos. Quien conquista a personas, tiene el mundo ganado.



Los mejores seductores, inteligentes, con su aparente frialdad emotiva, enamoran y atraen fácilmente, a personas pasionales que resultan ser la figura contrapuesta de ese seductor. Escribía Miguel de Cervantes: Esa es natural condición de las mujeres, desdeñar a quién las quiere y amar a quién las aborrece” ¿Cuánta verdad hay en esa cita? ¿Sólo le atañe a las mujeres?


Podemos decir que el espectro emocional, tanto en la mujer como en el hombre, es parecido. Pero es el instinto sexual quien les define y diferencia. El instinto selectivo de la mujer y el dominio del placer que existe en el hombre, marcará fuertes diferencias entre ambos. Por eso, con el comportamiento natural, no siempre se alcanzan los objetivos deseados.


¡Cuántos tildarán la seducción de artimaña para matar a la verdadera naturaleza! Y es que, ese corazón salvaje podría estar oprimido en dicha seducción. Pero el verdadero enamorado, de costumbre es exigente, opresivo, y al mismo tiempo, inseguro y tímido. Ese enamorado/a ignora cualquier broma o juego, porque se lo toma todo en serio, y no querrá alimentar esperanzas injustificadas. Esto no sucede con el seductor que, en cambio, disfruta del juego, sabe detenerse a tiempo, esperar, tranquilizar. Jamás creará ansias y miedos. Precisamente por esto, la persona es más fácil que se enamore del seductor que de quien la ama de verdad.


No resulta fácil seducir algo que evoque fuertes emociones. En ese momento, las artes de seducción se vuelven torpes. Surge el conflicto, en el que queremos ser como el cristal, transparentes y puros, siguiendo ese impulso vital que ya no entiende de estrategias. Y esa pasión, a veces, no sabrá elegir el momento más adecuado, ni la palabra, ni el gesto idóneos.


La seducción es una fase de perfeccionamiento, la superación de una prueba para mejorarse a sí mismo. A veces, un juego de lucha interna.


Una vestimenta, un coche, un perfume, un maquillaje... Es una primera carta de presentación, que tal vez cobre más importancia de la que debería. Pero la respuesta a las exigencias estéticas, muchas veces debe ser inmediata. Es la importancia de la primera impresión, donde los ideales se vuelcan hacia su lado más observador y moldeable.


Mecanismos primordiales y engramas genéticos se ponen en marcha. Ojos que se vuelven más luminosos, más lánguidos. Ella se vuelve más suave, paciente y sonriente; él emprendedor, radiante. Al principio, en muchos casos, el amor puro no va a suscitar el interés. Será el juego de seducción quien pondrá las piedras en el camino que les lleve al amor infinito. Todo en búsqueda bilateral, en la que ambos, entre ensayos y errores, podrían alcanzar el milagroso punto de encuentro, donde sus exigencias más profundas se darían la mano. Un deseo, un sueño común, para un gran proyecto.


El conflicto entre espontaneidad y seducción en las mujeres siempre ha sido muy fuerte, ellas saben muy bien la importancia que tiene la seducción. De niñas, se dan cuenta que una simple mirada o una sonrisa, son más útiles que cualquier capricho. Más tarde, comprenden que los hombres son fácilmente seducidos en el plano puramente sexual, que un pecho femenino es capaz de hipnotizar a un hombre hasta hacerle perder el norte. Pero también encontrarán a hombres más inteligentes y fuertes, que permanecen menos inermes ante las provocaciones, mimos y caricias de mujeres mediocres y desprejuiciadas.


Porque siempre hay algo más que la carga erótica, eso que da sentido al mejor encuentro sexual. “Algo tan palpable y tangible como el roce de nuestra piel, no podía compararse con el grito de su alma. Había algo más, entre ideales que se confundían con el nuevo horizonte y la memoria más longeva."

Pablo Bango. 

El cambio es la regla

Necesitaba cambiar el rumbo, para no ser un pez muerto arrastrado por la corriente. En otro tiempo, vivía bajo el longevo nexo de amor, que daba sentido a una vida arropada por un manto emocional, capaz de ofrecer bajo un cautiverio, sensaciones de libertad. Aquella ambivalencia, que ofrecía el enamoramiento, no era más que una brutal confirmación de la importancia del amor en todo lo que hacía.

Aquellas emociones sólo estaban relegadas hacia una persona. Pero el mundo parecía distinto. Y más allá de la obsesión y la dependencia emocional de aquella experiencia que, algunos la tildan como mecanismo de supervivencia, había algo más. Algo que nada tiene que ver con las afinidades reproductivas de los animales, para perpetuar la especie.

Como un huracán, arrasó muchos enclaves a su paso, para que se pudiera implantar una nueva ciudad, un nuevo estatus. Todo pertenecía al cambio, una metamorfosis que destruyó para construir, para poder evolucionar. Esa era la verdadera importancia del enamoramiento, que la mayoría de los sociólogos y psicólogos no han comprendido. Más allá del hambre y la pobreza, es la causa principal de sufrimiento en el mundo. Pero es una energía creativa. De ahí, su importancia; ya que contribuye a crear, a evolucionar, a cambiar, a transformarse, a madurar. Es obvio, que es algo positivo para la evolución de la propia persona.

Así que, el enamoramiento es un proceso de cambio, que jamás debe ser confundido con el amor que surge de un beso, de una caricia, o de los pactos de fidelidad. Tras esa fuerza creativa, lo verdaderamente admirable es el amor que nos conecta al presente, que nos funde con las cosas que nos rodean en cada momento, ese amor que deshace los egos y evapora los miedos. No es necesario rodearte de alguien para amar, sólo hay que entregarse al presente.

Uno puede vivir en soledad, estar enamorado, o vivir eróticamente vagabundo, nadando bajo la promiscuidad. Pero nada es constante, el cambio siempre está presente. Por eso hay vidas que debemos dejar atrás y ciclos que debemos respetar. Aquellos que finjan que las cosas siguen como antes, mientras que todo ha cambiando profundamente, llegarán a un punto de no saber lo que quieren. Será el potencial vital desperdiciado, situaciones de vacío e inconformismo, en las que amarán lo que un día fue, y odiarán lo que ahora ven.

Todo está cambiando, nosotros también; y sólo debemos de aceptar esta regla del juego, aceptar el cambio. Porque llegará un momento en el que debamos de elegir un camino distinto, sin detenernos a reparar las cosas que ya no siguen nuestros impulsos, sin pensar en esos futuros con metas volátiles. Habrá que tomar decisiones firmes y no esperar a que ocurran cosas, porque la vida no es sólo lo que nos sucede, es lo que elegimos.

Resulta absurdo permanecer inmóvil ante los cambios. Formamos parte de la misma energía, por eso debemos fusionarnos en ella, marcando nuestro destino. Teniendo en cuenta que, esas personas y cosas que nos rodean, un día se volverán distintas. Y la capacidad de adaptación es la forma de fluir con el presente, destruyendo los viejos hábitos.

Hay caminos muy largos para elegir y recorrer, y nada tiene la capacidad de encadenarnos para siempre, porque también las cadenas terminan rompiéndose con el tiempo. Sólo nuestro espíritu permanecerá para siempre.

Cautivos

Somos libres para imaginar, para nadar en un océano de posibilidades. Para escoger un rumbo, en dirección a la emoción, al camino que nos hará felices. Sin embargo, estamos viviendo en una sociedad marcada por el inconformismo colectivo.

Tal vez esto ocurra, porque el ser humano, como animal, está programado para sobrevivir, no para ser feliz. Un animal que, bajo el manto del miedo, transportará sus genes, se reproducirá y simplemente morirá.

Es nuestra dualidad interior, en la que habitan la parte animal y las emociones que abrazan nuestra alma, la parte humana. Lamentablemente, en una sociedad donde sólo importa el consumo para alimentar al ego y al poder, es difícil desprenderse de ese lado animal.

Gente alejada del momento presente, buscando ese estatus deseado para cumplir los designios de esta sociedad. Unos estudios, un trabajo, un coche, una casa, una hipoteca, dos hijos, una jubilación holgada, un entierro digno...

…Y, que pase el siguiente, a la fábrica de bípedos.

Así, millones de personas siguen unos ideales que tal vez no deseen realmente, manteniendo unas apariencias de felicidad, mientras se consuelan con las alegrías efímeras. Haciendo caso omiso a su verdadera vocación, viviendo cautivos en una sociedad, que no les guiará hacia la felicidad, sino a un camino anodino, en el que sean productivos, consuman y alimenten el sistema socioeconómico. Y entre todo esto, llegan las crisis, las complicaciones, las huelgas, las protestas, el odio, el miedo, la infelicidad...

Alguno pensará, que no seguir el sistema que dicta la sociedad les arrastrará a la pobreza. Lo cierto es que, sólo las personas felices evolucionan a gran ritmo y pueden conseguir todo lo que se propongan, como el amor y el dinero... Jesus decía “los ricos se hacen más ricos, y los pobres se hacen más pobres”  Y es que, el dinero también es una forma de energía. Una mente que es feliz atrae fácilmente las energías deseadas. El pobre que vive bajo la pesadumbre, no acercará ese tipo de energías, porque se alejará de sí mismo, persiguiendo cosas demasiado ajenas a su alma, como el propio dinero.

Vivir persiguiendo resultados, cifras y aprobaciones, dejando atrás los placeres del único e irrepetible momento presente, poco tiene que ver con el hecho de conectar con tu alma, con la realidad que viene del interior...

¿Por qué la mayoría vive de forma cautiva, sin poder desarrollar todo su potencial, sin poder seguir su instinto, su imaginación para crear? ¿Por qué existen tantos fracasados vocacionales, desde tantas generaciones?

Ya desde la infancia, empieza a regirse un sistema de aprobaciones, que va marcando nuestra forma de actuar. “Come todo lo que haya en el plato o no podrás ir a jugar”, “dale un beso a tu tía, o no habrá regalo”. Buscando aprobaciones para la conformidad de la madre, para que el niño se sienta válido

Es comprensible que ocurra esto, pero no tanto cuando esta práctica continúa en la vida más adulta. Buscará la aprobación en los padres, en sus profesores... Pero también en los jefes, en sus compañeros de trabajo, sus amigos, su pareja. Querrá ser aprobado por toda la sociedad.

Esta necesidad de aprobación, es justamente lo que impide que se desarrolle la capacidad para que una persona pueda seguir su vocación, su libre expresión, su creatividad, su felicidad.

Cuando se abandone este sistema, en el que millones de personas pierden el eje de sus vidas, convirtiéndose en satélites de las necesidades de la sociedad, el mundo será mejor. Porque cada cual vivirá en su pequeño (o gran) universo, comprendiendo que la vida no es algo establecido, sino el mundo que nuestra percepción construya para nosotros.

Albert Enstein dijo una vez: “Intenta no volverte un hombre de éxito, sino un hombre de valor”

La decisión es fácil. Seguir actuando en el papel que te exige esta sociedad, o ser el actor principal de tu propia película.